Jorge Luis Borges y su universo poético

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Jorge Luis Borges y su universo poético



Gabriel Vargas Acuña

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Estábamos en Estados Unidos y de pronto él se despertó y me dijo que me quería dictar algo y me dictó el poema "Ein Traum" (Un sueño). El solía corregir todos sus poemas constantemente pero aquel nunca fue corregido, así que un día le pregunté por qué y me dijo: “Ah, no puedo, me lo dictó Kafka en un sueño y entonces hasta que Kafka no me diga si quiere que el poema se corrija no puedo tocarlo porque no me pertenece".

María Kodama, viuda de J. L. Borges

Una nota biográfica

Jorge Luis Borges Acevedo nació en Buenos Aires, Argentina, en 1899 y murió en Ginebra, Suiza, en 1986. Fue hijo de una familia distinguida, cuyo abolengo de próceres y de intelectuales, pesaría mucho en su educación, en su ideología y en su experiencia vital. Las guerras mundiales, su temprano traslado a Europa, donde tuvo la oportunidad de estudiar en prestigiosos colegios, aprender lenguas y entrar en contacto con la efervescencia cultural y artística de la entreguerra, los grandes conflictos sociales y políticos de su país en apogeo a su regreso, sumados a su especial talento, fueron circunstancias que ayudaron a perfilar un escritor original, de múltiples recursos y creador de un particular universo.

Sus siete libros de cuentos, sus diez libros de ensayos y sus trece tomos de poesía pueden considerarse obras fundamentales en la fundamental literatura latinoamericana. En esta nota se trata exclusivamente su obra poética.

Borges y los movimientos literarios

Si bien los movimientos literarios o culturales en general se dan porque existen determinadas condiciones históricas y sociales, son los individuos, con sus personalidades y con sus acciones concretas, los que los impulsan, inspiran y en fin determinan. El viaje de Jorge Luis Borges a Suiza hacia 1918, donde aprende alemán y conoce a los escritores expresionistas; su estancia en España en los años 20, cuando se encuentra con los ultraístas y sus experimentos poéticos; su regreso a Argentina por ahí de 1923, en momentos en que la intelectualidad hispanoamericana explora en los valores criollos para hallar su identidad; su cultura filosófica y su conocimiento de las culturas europeas, que lo inclinan a la búsqueda de lo universal, lo cosmopolita, inclusive a través de lo regional; todos estos son factores de su particular formación literaria.

La equivocación ultraísta

Alguna vez, J. L. B. se refirió a la tendencia poética en que cifró su primera poesía llamándola “la equivocación ultraísta”. En efecto, el joven Borges que vivió en España hacia 1919 cuando acaban de “inventar” el ultraísmo tal vez para contrariar en algo el saludable modernismo que desde América les mandamos, fue en su juventud entusiasta de esa excéntrica doctrina, definida como “la rana que echó pelos”. Tanto entusiasmo tuvo que llevó a Argentina ese movimiento poético hacia 1922 y se encargó de escribir sus reglas: imprescindible la metáfora, eliminación de lo superfluo, no al sentimentalismo, imágenes del mundo moderno, uso de neologismos, prohibición de la rima y en cambio juegos con la forma de los renglones.

Aunque Borges luego abjuró de su primer credo, algunas evidencias de su militancia quedaron en las antiguas revistas literarias de España y de Argentina. Tal es el caso de Mañana: Las banderas cantaron sus colores/y el viento es una vara de bambú entre las manos/El mundo crece como un árbol claro/Ebrio como una hélice/el sol toca la diana sobre las azoteas/el sol con sus espuelas desgarra los espejos/Como un naipe mi sombra/ha caído de bruces sobre la carretera/Arriba el cielo vuela/y lo surcan los pájaros como noches errantes/La mañana viene a posarse fresca en mi espalda.

Un expresionista alemán en Argentina

Así como Borges, llevó a Argentina el ultraísmo, su condición de poeta y de políglota, le permitieron realizar otra conexión fundamental: llevar a España y a Hispanoamérica en general los aportes del vigoroso movimiento expresionista alemán. Bien se sabe que el joven Borges, empezó hacia 1920 a estudiar y traducir poesía alemana. El expresionismo que, en términos generales, es un deseo de expresar lo esencial de las cosas con relativo desdén de sus detalles accidentales, en literatura se presenta como un intento de abordar de forma subjetiva la naturaleza y el ser humano, dando primacía a la expresión de los sentimientos. Mediante cierta distorsión de la realidad que enfatice el punto de interés, pretenden los expresionistas impactar al espectador, llegar a su lado más emotivo e interior.

La lírica expresionista empezó a manifestarse en los años de la primera guerra mundial (1914-1919), y, tal vez por eso, asumió una estilística de lo feo, lo perverso, lo deforme, lo grotesco, lo apocalíptico, lo desolado. A su vez, el movimiento adoptó un lenguaje conciso, penetrante, patético y libre aunque no desdeñó la métrica y la rima de la poesía tradicional. Véase un fragmento de un poema característicamente expresionista que el autor escribió en su temprana juventud: Angustia./En lo altísimo una montaña camina./ /Hombres color de tierra naufragan en la grieta más baja./ El fatalismo unce las almas de aquellos /que bañaron su pequeña esperanza en las piletas de la noche./ Las bayonetas sueñan con los entreveros nupciales. /El mundo se ha perdido y los ojos de los muertos lo buscan./El silencio aúlla en los horizontes hundidos.

Un criollo lírico

Cuando J. L. B. regresa a Argentina hacia 1921, son muy bien recibidos sus aportes sobre el ultraísmo y el expresionismo. En las revistas Umbral y Proa, fundadas por él con el apoyo de intelectuales coterráneos, circulan profusamente textos representativos de esos movimientos europeos . No obstante, las circunstancias históricas del mundo y de América Latina, han estado propiciando otras formas de expresión. La desastrosa Guerra Mundial, concluida en 1919, ha arrasado con la ilusión de que Europa representaba la cultura frente a la barbarie americana. Además, la creciente injerencia de los Estados Unidos en las repúblicas latinoamericanas, ha exacerbado el nacionalismo de algunos jóvenes literatos quienes se proponen reafirmar la identidad de sus propias naciones. A ello puede atribuirse la tendencia de ubicar las obras literarias en los medios geográficos y culturales característicos de cada nación. Ya no se trata de la visión nostálgica y simplista del costumbrismo, sino casi siempre la visión cruda y realista de seres que luchan en un medio adverso.

Esta tendencia, denominada criollismo o regionalismo por su afán caracterizador de lo originario de cada pueblo, se manifiesta sobre todo en el relato, como es el caso de muchas grandes novelas hispanoamericanas: La vorágine, de José Eustasio Rivera (1924); Don Segundo Sombra, de Ricardo Güiraldes (1926); Doña Bárbara, de Rómulo Gallegos (1929). No obstante, en el caso de Argentina, por ejemplo, se da un claro movimiento de poesía lírica que retoma los temas relativos al territorio y a los personajes nacionales: las ciudades, los gauchos, los poetas populares, la música autóctona. En respuesta a esa tendencia, Borges, que otras cosas menos criollas venía publicando en las revistas, empezó a escribir poemas como este: Pampa:/Yo diviso tu anchura que ahonda las afueras, /yo me desangro en tus ponientes./Pampa:/Yo te oigo en las tenaces guitarras sentenciosas/ y en altos benteveos y en el ruido cansado/de los carros de pasto que vienen del verano.(Luna de enfrente, 1925)



Un cosmopolita va por los campos

Según Seymour Menton, el criollismo dominó la literatura hispanoamericana entre 1920 y 1945, pero el cosmopolitismo nunca murió por completo. Para el criollista la literatura sirve para interpretar las condiciones políticas, económicas y sociales de su propio país. En cambio, el autor cosmopolita se preocupa mucho más por la estética, la psicología y la filosofía, aun cuando trata temas criollistas. Frente a la temática regional, los cosmopolitas se interesan más en el individuo, en la vida urbana y en la fantasía. En el caso particular de J. L. B. puede decirse que criollismo y cosmopolitismo se fusionan, y su poesía de los años 20 es un lirismo inspirado en lo nacional pero idealizado, prácticamente una visión filosófica de la rusticidad. Esa tendencia que va a ser característica del autor, ya puede observarse en Fervor de Buenos Aires (1925): El poniente de pie como un Arcángel/tiranizó el camino./ La soledad poblada como un sueño/se ha remansado alrededor del pueblo./Los cencerros recogen la tristeza/dispersa de la tarde. La luna nueva/ es una vocecita desde el cielo./Según va anocheciendo/vuelve a ser campo el pueblo.

Un criollo intelectual

La poesía de inspiración criollista pero de tratamiento intelectual prevalece definitivamente en Borges. Después de una larga pausa de más de treinta años (1929-1960) vuelve el autor a publicar libros completos de poesía. Según David Viñas, El Hacedor (1960) marca el inicio de la poesía de madurez. Considera este crítico que, si bien perduran los motivos históricos y nacionalistas, aparecen nuevos temas que luego serán recurrentes: las lenguas antiguas, el enigma del tiempo, el olvido, la memoria, el infinito, la vejez y la muerte, la pasión por los libros, la ceguera. Y empiezan a manifestarse también los símbolos claves de su universo poético: el laberinto, los espejos, los tigres, las espadas y los puñales (utilizados ya antes), las máscaras, etcétera. Los temas puramente intelectuales, con referente exclusivo en la cultura erudita, o los temas criollistas tratados tan intelectualizadamente que ya casi no guardan relación con su referente (la pampa, el gaucho, los arrabales) dominan su madurez poética. Uno de sus últimos poemas se refiere a Juan Muraña, el legendario cuchillero: Naderías. El nombre de Muraña,/una mano templando una guitarra,/ una voz, hoy pretérita que narra/ para la tarde una perdida hazaña/de burdel o de atrio, una porfía,/dos hierros, hoy herrumbre, que chocaron/y alguien quedó tendido, me bastaron/ para erigir una mitología.(Los conjurados, 1985)

Borges y sus libros de poesía

Entre 1923 y 1985, paralelamente a los libros de relatos, se desgranan al menos 13 tomos de poesía. Son relativamente breves pero con identidad distintiva cada uno. Casi que sólo los tres primeros guardan una relación: su incidencia en el tema criollista, por lo cual se conocen como “La trilogía porteña”. A continuación, ayudándonos de los infaltables prólogos que el autor les otorga, se hallarán algunos comentarios sobre el concepto de poesía que los sustenta (Cfr. Obras completas).

Fervor de Buenos Aires (1923). Desde su madurez poética, cuando se reedita el libro, Borges lo califica como un corte con las escuelas literarias predecesoras, particularmente con el ultraísmo. Considera que logró entonces una poesía exenta de asperezas, sensiblerías y vaguedades, en la que no se notan mucho algunas influencias de Miguel de Unamuno y de la poesía española del siglo diecisiete. Son poemas sobre el antiguo Buenos Aires de casas viejas y de quintas con verjas, sobre el cementerio, las calles y los próceres; es decir, la nostalgia de lo urbano. Aunque no corrige sus poemas, el autor señala que antaño buscaba los atardeceres, los arrabales y la desdicha; pero ahora, las mañanas, el centro y la serenidad. 16.

Luna de enfrente (1925). Es un brevísimo tomo en el cual concurren los temas históricos, amorosos y relativos a la vida intelectual. Borges lo contrasta con el anterior y dice que aquí la ciudad no se presenta como íntima sino como ostentosa y pública. Pareciera que el autor, pasado el tiempo, tiene ligeros reparos sobre este libro, pero no los concreta sino que se limita a decir que “Ahora ya no es mío”.

Cuaderno San Martín (1929). Borges plantea en el prólogo una importante tesis sobre la poesía: “He hablado mucho, he hablado demasiado sobre la poesía como brusco don del Espíritu, sobre el pensamiento como una actividad de la mente; he visto en Verlaine el ejemplo de puro poeta lírico; en Emerson de poeta intelectual. Creo ahora que en todos los poetas que merecen ser leídos ambos elementos coexisten”. Es este el más criollista de sus libros, en el que sobresalen poemas sobre Buenos Aires, sus antiguas casas, los próceres argentinos, los arrabales.

El hacedor (1960). Este libro, separado de los anteriores, por más de 30 años, se considera la consolidación de la poesía del autor. A diferencia de los anteriores, en los que predomina la poesía libre tal vez con pies rítmicos no rimados, en este predomina la poesía métrica: sonetos y cuartetos endecasílabos. Aparece, por primera vez, el constante tema de la ceguera y sus alcances simbólicos, así como los azares de la vida intelectual. Además, se consolidan los símbolos de la poesía borgiana de madurez: el tiempo, los libros, los espejos, los azares de la historia, los personajes históricos, la erudición como destino.

El otro, el mismo (1964). Se trata de una extensa compilación de poemas de diversas épocas. Hay verso libre, verso rimado y verso blanco. Dice Borges en su prólogo: “Ahí están asimismo mis hábitos: Buenos Aires, el culto de los mayores, la germanística, la contradicción del tiempo que pasa y de la identidad que perdura, mi estupor de que el tiempo, nuestra substancia, pueda ser compartido”. Se manifiestan aquí en forma ejemplar los recursos poéticos del autor: la caracterización de los personajes históricos, las odas a objetos simbólicos, las confesiones sobre el significado de la vida intelectual, la angustia ante el tiempo y ante la edad.

Para las seis cuerdas (1965). Representa un retorno a los temas criollos. Se trata de milongas o poemas narrativos cantables, a la usanza de la poesía popular argentina. Según las reglas de esa literatura, se usan tiradas de versos octosílabos rimados casi siempre en los pares. Dice el autor de sus milongas que “ya no son bravas, son sólo elegías”, es decir no son para la competencia verbal, como antiguamente se usó entre los gauchos.

Elogio de la sombra (1969). En el prólogo señala el autor algunas de las reglas de su poesía: eludir los sinónimos; evitar hispanismos, argentinismos, arcaísmos y neologismos; preferir las palabras habituales a las palabras asombrosas; simular pequeñas incertidumbres; referir los hechos como si no los entendiera del todo. Especifica también en este rico prólogo algo sobre el verso: “Es común afirmar que el verso libre no es otra cosa que un simulacro tipográfico; pienso que en esa afirmación acecha un error. Más allá de su ritmo, la forma tipográfica del versículo para anunciar al lector que la emoción poética, no la información o el razonamiento, es lo que está esperándolo”. De paso, afirma que en algunas de sus obras se propuso usar el verso libre, pero en realidad alternó algunos metros clásicos: el alejandrino, el endecasílabo, el heptasílabo.

El oro de los tigres (1972). Es este un libro característico de la madurez de Borges en lo que se refiere a los temas (lo filosófico y lo histórico) y el tratamiento (el tono reflexivo y cautamente nostálgico). En los poetas antiguos, en las lenguas menos conocidas, en los guerreros, en los animales hermosos, en los próceres, encuentra símbolos de la existencia humana. Señala el autor en su prólogo: “Para un verdadero poeta, cada momento de la vida, cada hecho, debería ser poético, ya que profundamente lo es”.

La rosa profunda (1975). En este libro continúa la evolución poética de Borges, se profundiza su capacidad de visionario y se hacen más detalladas las alusiones eruditas. Se nota una poesía de versos regulares sueltos, no unidos por la rima. En el prólogo, el autor revela algo más sobre el proceso de creación: “Empiezo por divisar una forma, una suerte de isla remota, que será después un relato o una poesía. Veo el fin y veo el principio, no lo que se halla entre los dos. Esto gradualmente me es revelado, cuando los astros o el azar son propicios”. Aprovecha para introducir algunas de las ideas polémicas que tanto lo caracterizaron: “El concepto de arte comprometido es una ingenuidad, porque nadie sabe del todo lo que ejecuta”.

La moneda de hierro (1976). Es un breve libro de poemas sobre la relación entre seres humanos y objetos cotidianos. Su curioso nombre relativo a un metal tal vez algo sugiere porque son abundantes las figuras literarias en las que participan los metales. En su prólogo, Borges revela algo más del misterio de la creación poética: “Un hecho cualquiera –una observación, una despedida, un encuentro, uno de esos curiosos arabescos en que se complace el azar- puede suscitar la emoción estética. La suerte del poeta es proyectar esa emoción, que fue íntima, en una fábula o en una cadencia”.

Historia de la noche (1977). Dice el autor que este es el libro que presiente como el más íntimo. Se expresa una relación directa entre los personajes de la historia, los grandes eventos, y él y sus situaciones particulares: las impresiones de la infancia, el valor de la amistad, el hijo que no tuvo, el amor que no compartió, la inquietud del enamorado y la realidad que su ceguera le impone.

La cifra (1981). Dice Borges en el prólogo: “Al cabo de los años, he comprendido que me está vedado ensayar la cadencia mágica, la curiosa metáfora, la interjección, la obra sabiamente gobernada o de largo aliento. Mi suerte es lo que suele denominarse poesía intelectual.” Se trata del reconocimiento del rasgo fundamental de su poesía: la subordinación de los componentes sensorial, afectivo y volitivo, al componente intelectual. En efecto, es este un libro dedicado al sentido profundo de lo cotidiano, a alimentar una particular nostalgia de la vida lúcida de los filósofos legendarios.

Los conjurados (1985). Este libro, como el anterior ( La cifra) es aparentemente el producto de una compilación. Dice Borges en el prólogo: “Escribir un poema es ensayar una magia menor. El instrumento de esa magia, el lenguaje, es asaz misterioso. Nada sabemos de su origen. Sólo sabemos que se ramifica en idiomas y que cada uno de ellos consta de un indefinido y cambiante vocabulario y de una cifra indefinida de posibilidades sintácticas. Con esos inasibles elementos he formado este libro”. Por ser este el último de sus libros de poesía, se manifiesta plenamente su voluntad de expresar la nostalgia de un mundo casi subjetivo, el mundo de la cultura.



Un balance de la obra poética de Jorge Luis Borges

La poesía de JLB, aunque traducida a todas las lenguas, es uno de los legados más apreciables de la literatura hispanoamericana. Aunque tiene copiosa obra de la temprana juventud, él no reivindica sino la que produjo a partir de 1923 cuando ya ha adoptado una línea que sostendrá, sin grandes cambios, hasta sus últimas obras de 1986.

El autor, como se ha mencionado anteriormente, tuvo la oportunidad de viajar a Europa siendo muy joven, lo cual le permite conocer dos movimientos poéticos de gran importancia: el ultraísmo español y el expresionismo alemán. Por su vocación académica y su seriedad intelectual, se dedica a estudiarlos y a practicarlos, lo cual constituye una inmejorable escuela de formación poética. No obstante, al regresar a Argentina, la intensidad del movimiento criollista, en pleno apogeo, le plantea la necesidad de tratar los temas nacionales. Con sus antecedentes en la vanguardia europea y con su gran cultura, el criollismo toma particulares matices: una visión de lo nacional a través de una posición intelectualizante y erudita. Esta fórmula, puede decirse, es la que va a caracterizar toda su poesía posterior.

El oficio poético es una materia que en muchos textos se plantea Borges. Por ello son abundantes sus opiniones sobre los principios que en su opinión conviene aplicar. Ha dicho por ejemplo:

  • Debe equilibrarse la expresión del yo y la actitud intelectual.

  • En el poema debe predominar el lenguaje corriente: conviene eludir los términos regionales, preferir las palabras habituales, evitar los sinónimos, expresarse con naturalidad.

  • El verso libre no es un simulacro tipográfico sino una forma para anunciar al lector que se expresa la emoción poética.

  • Muchas veces el verso libre esconde en su interior los metros clásicos: el alejandrino, el endecasílabo, el heptasílabo.

  • Para un verdadero poeta, cada momento de la vida, cada hecho, debería ser poético, ya que profundamente lo es.

  • La poesía empieza por una intuición y luego gradualmente se recibe una revelación de su desarrollo.

  • El concepto de arte comprometido es una ingenuidad, porque nadie sabe del todo lo que ejecuta.

  • Un hecho cualquiera –una observación, una despedida, un encuentro, cualquier aspecto azaroso- puede suscitar la emoción estética. La suerte del poeta es proyectar esa emoción, que fue íntima, en una fábula o en una cadencia.

Es la poesía de Jorge Luis Borges un indefinible universo verbal, en el que su particular experiencia y su prodigioso mundo interior, se manifiestan a través de un complejo sistema de símbolos que se refieren tanto a lo cotidiano (ciudades, casas, personas corrientes, objetos usuales) como a los seres extraordinarios de la vida intelectual, la historia, el arte, que él ha extraído de sus lecturas y sus estudios. Un sobrio lenguaje, un modesto repertorio de figuras literarias, un tono natural como si se hablara de lo ordinario, constituyen el vehículo maravillosamente eficaz que el poeta usa para conducirnos por ese universo enigmático para nosotros aunque para él tan familiar.

Bibliografìa

Borges, J. L. “Diálhttp://amediavoz.com/borges.htmogo sobre la poesía”. http://extensiondigitalfpscio.unr.edu.ar. Consulta: 27/12-2010.

Borges, J. L. “Expertos discuten en torno a la lírica de Jorge Luis Borges”. http://www.dw-world.de/dw/article/0. Consulta: 27/12/10.

Borges, J. L. Obras completas 3t. Argentina: Alianza Cultural, 1999.

Menton, S. El cuento hispanoamericano. México: Fondo de Cultura Económica, 1992.

Ponieman , D. y otros. “El ultraísmo de Borges”. http://webcache.googleusercontent.com. Consulta: 27/12/10.

Viñas, David. “Recorrido fugaz por la poesía de Borges”. http://scielo.cl/scielo.php. Consulta: 27/12/2010.

Borges y el criollismo. Http://blogdemara5.blogspot.com. Consulta: 27/12/2010.

Una amplia antología poética de Jorge Luis Borges puede encontrarse en la siguiente dirección: http://amediavoz.com/borges.htm






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