Caracoles

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conchas


Tengo en la mesa un caracol traido de Cuba.
Si lo dejo en la mesa es un pisapapeles hermoso.
Si lo pongo en mi oído, 
escucho el viento ocacional despeinando las palmeras, 
el vuelo solitario y aburrido de un pelícano. 

Hay días en que se escuchan los seis segundos previos a la tormenta, 
un trueno lejano, que se confunde con la estrepitosa caida de un cocotero, 
y una luna quieta al otro lado del cielo.

conchas

 

En las tardes, se escucha la imperceptible colición de nubes grices y blancas 
bajo el cielo de Barcelona, la mutación de los celajes naranja 
y los gestos de las gentes que ya no preguntan: 
¿por quién tocan las campanas?

A simple oído -por decirlo de alguna manera- 
se escuchan las risas guajiras 
y las quejas de los cubanos; 
pero si se presta atención, 
uno se encuentra con el escándalo de recuerdos 
de los cuarenta y nueve primeros cuentos, 
saliendo de la mirada de un viejo que suspira agradecido. 

Agradecido por no tener que matar las estrellas.
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