Yo no tengo ningún muerto

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Se lo juro por Dios, señor Coronel: ¡yo no tengo ningún muerto, no se me ha muerto nadie! Pero deje que me vaya, por favor. Se lo suplico: ninguno de los de mi casa se ha muerto. ¡Créamelo!
Usted me pregunta por qué estoy llorando. Yo no sé. Posiblemente me estoy volviendo loca, pero le repito: no tengo ningún muerto. Nunca he tenido muertos, ni voy a tenerlos.
¿Sabe usted por qué dije eso? Ellos buscan a los que tienen muertos para matarles: no quieren que se cuente si uno los tiene. Pero yo aquí, en secreto, se lo digo: sí los tengo. Son cuatro y a los cuatro me los asesinó el ejército.
Usted conoció a Tana. Estuvo con usted en misiones. Usted le había dicho que el pueblo no necesitaba consuelo y oraciones a secas, sino una comprensión de su sufrimiento y una comunión con su lucha. Y ella cumplió lo mandado. No empuñando un fusil: estaba muy tierna todavía. Lo que hacía es lo que usted mismo hace, padre. Se identificaba con los que se iban para la montaña, formaba parte del comité local de rebeldes. Y creía. Sí, padre, creía.
Dios y pueblo eran hermanos: hermanos de entraña. Y me la asesinaron, padre. Me la asesinaron.
Antes fue mi marido. Un día llegaron a mi casa —eran cuarenta— y se lo llevaron. Violaron a la otra chiquilla, Mina. Tenía sólo doce años y pasaron por ella ocho de esos soldados. Y, lo que es peor, delante de los niños pequeños. Son dos. Y me da vergüenza contarlo, padre, pero la confesión debe hacerse completa y, además, ya no tengo capacidad para ocultarle nada, ni siquiera para que me dé pena: a mí también me violaron. El infierno duró cincuenta minutos y no puedo decirle cuantos pasaron sobre mí. Una cosa sí: al final metieron la punta de un fusil en mi vagina y me inutilizaron completamente.
Mi marido fue asesinado ese mismo día: le dejaron tirado junto a la puerta do mi casa.
Tana, cuando eso, yo no sé si usted lo supo, huy6. Ella entendió que los soldados habían entrado a la casa por ella, porque hacía labor pastoral con los pobres. Les alentaba, comprendía sus problemas, les explicaba cómo debían dirigir la lucha en contra de la dictadura.
Comencé, cuando no regresó, a buscarla como loca. Andaba con uña fotografía enseñándosela a todo el mundo, preguntando si ‘la habían visto. Nadie decía nada porque si la conociesen o la hubiesen visto, debían callar. Por las dudas —tenía una espina profunda en el corazón— pasé por la colina donde arrojan los cadáveres. Busqué en la morgue y volví a la colina: eran tantos los muertos y pude no haberla visto. Los revisé uno por uno, tratando de no pisarlos, sintiendo náuseas al mirar sus intestinos fuera, sus ojos llenos de muerte no ida, sus cuerpos llagados, torturados, totalmente desnudos.
Y la encontré, padre. No quisiera contarlo poro debo hacerlo. Si no lo hago no podría vivir jamás. No podría llevarle la paz a esta conciencia maltrecha que me cargo.
La chiquilla Mina murió desangrada. Cuando ingresaron en mi casa y yo les hico resistencia, atravesaron con la punta de la bayoneta, por varias veces, el cuerpecito de mi hijo recién nacido. Pobre ángel mío, tuvo que pagar mi Indignación. Mi marido, le dije, había muerto: fue asesinado y dejado ahí, como a un perro, en la orilla de la puerta de mi casa.
Encontré a Tana, padre, pero me vieron los soldados. Me preguntaron qué hacía ahí. Yo dijo: “Se lo juro por Dios, señor Coronel: yo no tengo ningún muerto ni ando buscando uno. Vine aquí, no más. Me preguntó que por qué, entonces, lloraba. Yo dije que no lo sabía, pero que, le reiteraba, nunca había tenido muertos ni iba a tenerlos”.
Y me fui. No .6 que harían luego con el cuerpo de Tana. Posiblemente lo quemaron porque eran muchos los cadáveres para enterrarlos uno por uno. Pero yo no podía decir, como lo deseaba fervientemente, que me lo dieran para sepultarlo como Dios manda, porque ahí no más me hubiesen fusilado.
Y yo no puedo morir, padre. ¿No sabe usted que mis otros dos hijos, dos niñitos de tres y cinco años se me perdieron cuando los soldados se llevaron a mi marido? También los busco, pero a nadie, absolutamente a nadie, le digo que lo hago.
Puede que de verdad estén muertos y yo no busco muertos. No tengo ningún muerto, no se me ha muerto nadie, ni voy a tener muertos nunca en la vida.
Absuélvame, padre, o condéneme. Puede ser que yo no tenga ni corazón. Me dijo una vecina que también los hablan matado cuando yo quedé sin sentido por la violación, pero yo no lo creo.
Terminemos, padre, pero ya. ¿No vé usted que debo irme rápido para seguir buscándolos?

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