TRILOGÍA ADULTERA

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(Segundo lugar en el concurso Jorge Volio del COLYPRO, año 2006)

 

CONFESIÓN DE AURELIANA.

                                                                             La felicidad no causa arrepentimientos.

 

Probé el amor  y me gustó con Macario Félix. Sí señores y señoras, hace más de un siglo que lo hice y recuerdo como si hoy fuera que me sentaba en sus regazos, y él subía sus dos manos por dentro de mi cotona hasta llegar a mis dos… (¡Ay!)…tiernos pezoncitos de cada pecho, y, dándoles vuelta y vuelta con sus dedos, yo sentía una catástrofe de felicidad que me arrollaba y me arrollaba. En sus brazos terminé muchas veces dormida, o me hacía la dormida, para que me arrullara con palabritas suyas que me tanto gustaban.

 

Macario Félix era hombre y yo mujer. ¡Casado!  Qué podía importarme si era o no, casado. Yo entraba en desmayos... terremotitos que de uno en uno, me revolcaban. Y fui feliz en su adulterio, nunca en el mío pues yo no era casada. Sí, precoz en mi desarrollo; porque llegó rapidito el aguacero de mis hormonas, ¡y ya ven!, dicen que pecamos.  Seguramente sí, pero qué dulce mi culpa, qué felicidad la de él cuando lo veía entrar en la troja, y miraba la carne fuerte en su pecho peludo; sus labios jugosos resbalándole en la boca. ¿Pecamos? Si pecar es esto que digo, con razón tantas  personas acumulan pecados como el mío.

 

Él se fue para valle de El General con mi hermana Anselma (su esposa) porque mis hermanos lo iban a matar Yo me quedé pariendo el embarazo que me dejó. Nació María Octavita de todos Los Santos, pero ningún santo de aquellos  la salvó del retardo mental. ¡Qué fue por mi pecado! En el valle de todos Los Santos, en La Candelaria y hasta en Dos Cercas de Los Desamparados, llegó a decirse de mí, la pecadora madre de la monstruo Octavita...  Se fueron… ¡Tan larga fue la distancia de El General! Con Octavita me quedé  abandonada en la troja donde Macario Félix me hizo todo lo que tanto le agradezco. Después me casé con Clemente Casimiro que me honró, y tuve una linda familia. Mi buen Casimiro que tanto quiso y nunca pudo llevarme a los terremotitos que me hacía Macario.

 

CONFESIÓN DE ANSELMA.

—o—

Nos fuimos a El General porque mis familiares amenazaron a Macario. A él, mi esposo que tanto sufrió con mis hermanos, lo iban a matar. Yo me di cuenta del asunto de él y Aureliana, pero en silencio ¡cómo la Virgen María, pasé calladita! Al principio sufrí como un animal acorralado y fueron muchas lágrimas que a fin de cuentas no valieron.  Pasó el tiempo y recuperé la confianza. ¡Qué les importaba a mis hermanos, si entre Macario, Aureliana y yo nos entendíamos!

 

En El General, pasamos un tiempo bastante incómodo. ¡Qué estuvimos en la ruina!, sí que lo fue.  No había familiares atentos con nuestras necesidades. En fin, el abandono de alguna parte nos caía encima. Mis chiquitos nunca fueron a la escuela y quedaron sin poder leer. Macario estuvo como en maleficio de aquí para allá, de allá para acá. Los trabajos no le gustaban más que dos o tres semanas. Sufrimos hambre y sed en medios ranchos. En los inviernos llevamos aguas encima, o sea que ¿tuvimos que pagar duro por el pecado? ¡Pecado! No pudimos entender dónde pudo haber pecado entre nosotras y él.

 

Un día de tantos Macario hizo un viaje a la costa y allá lo pescó una fiebre terrible, la malaria, le decían. Me contaron que se desmayaba a cada momento y la temperatura  le subía más y más hasta que perdió el conocimiento. Murió y está aquí en el valle de El General donde yo también estoy enterrada. Los dos, como hermaniticos estamos bajo la tierra fértil de aquí. Después de la muerte de mi esposo quedé todavía más abandonada y enfermé de ¡tanto! hasta que papá mandó por mí y los niños.  Morí en camino cuando me llevaban para Santa María de Los Santos. Íbamos por Palmital y sentí que no más, y la muerte me cayó encima con tanta frialdad que ni el mismo paso del Cerro de La muerte se puso tan frío, cuando veníamos. Ya ven, me tocó seguir al ladito de Macario. Él a mi derecha, pareciera que lo siento tratando de hacerme feliz, buscando la solución a nuestros asuntos. A fin de cuentas no pudo Aureliana estar cerca para seguir juntos los tres. Ahora a él y a mí ni el tiempo infinito nos separa.

 

MACARIO FÉLIX SE DELATA.:

                                                   

                                                                                               Todopoderoso, tú eres bueno y misericorde;

Todopoderoso, hemos visto y conocido tu amor;

Todopoderoso, sabemos que eres justo.

                                                                                  Muéstranos, oh Padre, dónde reside nuestro pecado

 para poder corregir nuestras iniquidades”

                         

(C.P. Cavafis. Poesía Completa. P.266.

Alianza Tres. Madrid, 1991.)

 

—o—

Ninguna persona de las envueltas directamente en el asunto, tenemos vergüenza. Nada impidió la felicidad entre las dos y yo. Sé de muchos que esconden sus groseros pecados en las orejas de los sacerdotes, mientras los curas alcahuetes se hacen de la vista gorda hasta de la violación de sus propias hijas, solo porque dicho el asunto por el que van al confesionario, quedan limpios  de las culpas y pueden seguir en los mismos hechos, incluso otros pecados que poco les importa.

 

Los hermanos de Anselma y Aureliana me atemorizaron, y nos les tuve miedo. De frente tuve a cada uno, pero eran sólo voces de amenaza, eso: amenazas que en nada pararon. Fue el amor lo que nos llevó a El General. Ellas conmigo se declaraban felices. Los muchachos hermanos siguieron con que me matarían, y como dije, nada de nada. Dos veces me agarré con Patrocinio y dos veces di con Milciades pidiéndome perdón en el suelo. Me fui con Anselma, pero a las dos quería como a  una sola.

 

Lamento y sufro por lo de María Octavita; no su problema de  nacimiento, sino la condena que sufrió en familia. No pude conocerla para sentirla hija mía, tampoco supe de sus hermanos.  Nadie es hijo o hija del pecado. Desgraciada Santa Inquisición que nos trajeron de España, maldita censura que la condenó junto a su madre. 

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